'es que yo no escribo mi blog para que lo lean los demás' -me encuentro a mi mismo justificándome.
¿justificándome de qué? ¿justificándome ante quién? ya es la segunda vez.
viernes, 10 de octubre de 2008
Hacía un día claro que a causa del viento me parecía más claro aún. Me quedé un rato en la calle mirando a mi alrededor. En una cabina de teléfonos, a la entrada del metro, había dos muchachas apoyadas: una hablaba por teléfono, y la otra se asomaba a la cabina de vez en cuando, echándose al mismo tiempo el pelo por detrás de la oreja. Al principio me detuve solo a verlas, pero luego su aspecto me animó y excitó, de forma que finalmente observé con verdadero placer cómo se movían en la estrecha cabina: la una a la otra sostenían la puerta con el pie, se reían, tapaban el auricular, cuchicheaban entre sí, echaban de vez en cuando unas monedas y se inclinaban de nuevo sobre el teléfono, mientras que junto a ellas el vapor del metro humeaba a través de las tapaderas de la calle y se desplazaba hacia las calles cercanas pegado al asfalto. Era un espectáculo que me liberaba y me disipaba de mis preocupaciones. Aliviado, me limitaba a mirar, en un estado paradisíaco en el que sólo quería mirar y en el que mirar era ya una forma de conocimiento.
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Este párrafo de Handke me recuerda a las pinturas de Richard Estes. No a algo en particular de Richard Estes, sino a Richard Estes. Y no tanto a Richard Estes, sino a una forma -la de Richard Estes- de entender las ciudades, un estereotipo de la mirada de la ciudad.
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Este párrafo de Handke me recuerda a las pinturas de Richard Estes. No a algo en particular de Richard Estes, sino a Richard Estes. Y no tanto a Richard Estes, sino a una forma -la de Richard Estes- de entender las ciudades, un estereotipo de la mirada de la ciudad.
La mujer del bar me hizo un gesto para que me sentara en la otra mesa, pero hasta que uno de los hombres de negocios no arrimó una silla libre y me la indicó no me dirigí hacia ellos. Al principio me limité a mirar; después jugué una vez, pero quise dejar de hacerlo porque siempre se me caía algún dado de la mesa. Encargué más aguardiente mexicano y la mujer del bar fue a buscar la botella al mostrador y puso en marcha el magnetófono. Al volver se echó sal en el dorso de la mano, la chupó -algunos granos de sal sobre cayeron sobre la mesa- y luego bebió aguardiente de mi vaso. La botella llevaba el dibujo de una pita en el medio de un desierto de arenas de un amarillo brillante; del magnetófono venía música del Oeste: un coro de hombres cantaba el himno de la caballería de los Estados Unidos, luego siguió un final sin canto, en el que las trompetas iban desapareciendo hasta que sólo quedaba una armónica tocando suavemente. La mujer del bar dijo que su hijo estaba en el ejército y yo le dije que me gustaría echar otra partida de dados. Al tirar me pasó algo extraño: necesitaba unos puntos determinados, y cuando volqué el cubilete todos los dados menos uno se detuvieron en seguida; mientras ese dado rodaba todavía entre los vasos vi centellear en él un instante los puntos que necesitaba y desaparecer luego cuando el dado quedó inmóvil mostrando otros. Sin embargo, ese destello de los puntos exactos fue tan fuerte, que sentí como si hubieran salido realmente, pero no entonces, sino EN OTRO TIEMPO. Ese otro tiempo no significaba el porvenir ni el pasado, sino que era por esencia OTRO tiempo distinto del tiempo que de ordinario vivía y en el que se podía pensar hacia atrás y hacia adelante. Se trataba de un sentimiento agudo de OTRO tiempo distinto en el que también debía de haber otros lugares distintos de los que había entonces: en el que todo debía tener otro significado distinto del que tenía en mi conciencia actual, y en el que también los sentimientos eran distintos de los sentimientos actuales. Miré el reloj, pagué y subí a mi cuarto. Dormí sin soñar nada y profundamente, pero durante la noche sentí en todo mi cuerpo que era esperanzadamente feliz. Solo al amanecer desapareció esa sensación, empecé a soñar y me desperté molesto. Mis medias colgaban del radiador y la cortina estaba abierta dejando una grieta irregular. Llevaba estampadas escenas de la colonización de América. Descorrí la cortina pero no miré afuera. El sol iluminó el suelo, calentándome los pies desnudos contra el mosaico.
Peter Handke, Carta breve para un largo adiós (1972)
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