viernes, 10 de octubre de 2008

La mujer del bar me hizo un gesto para que me sentara en la otra mesa, pero hasta que uno de los hombres de negocios no arrimó una silla libre y me la indicó no me dirigí hacia ellos. Al principio me limité a mirar; después jugué una vez, pero quise dejar de hacerlo porque siempre se me caía algún dado de la mesa. Encargué más aguardiente mexicano y la mujer del bar fue a buscar la botella al mostrador y puso en marcha el magnetófono. Al volver se echó sal en el dorso de la mano, la chupó -algunos granos de sal sobre cayeron sobre la mesa- y luego bebió aguardiente de mi vaso. La botella llevaba el dibujo de una pita en el medio de un desierto de arenas de un amarillo brillante; del magnetófono venía música del Oeste: un coro de hombres cantaba el himno de la caballería de los Estados Unidos, luego siguió un final sin canto, en el que las trompetas iban desapareciendo hasta que sólo quedaba una armónica tocando suavemente. La mujer del bar dijo que su hijo estaba en el ejército y yo le dije que me gustaría echar otra partida de dados. Al tirar me pasó algo extraño: necesitaba unos puntos determinados, y cuando volqué el cubilete todos los dados menos uno se detuvieron en seguida; mientras ese dado rodaba todavía entre los vasos vi centellear en él un instante los puntos que necesitaba y desaparecer luego cuando el dado quedó inmóvil mostrando otros. Sin embargo, ese destello de los puntos exactos fue tan fuerte, que sentí como si hubieran salido realmente, pero no entonces, sino EN OTRO TIEMPO. Ese otro tiempo no significaba el porvenir ni el pasado, sino que era por esencia OTRO tiempo distinto del tiempo que de ordinario vivía y en el que se podía pensar hacia atrás y hacia adelante. Se trataba de un sentimiento agudo de OTRO tiempo distinto en el que también debía de haber otros lugares distintos de los que había entonces: en el que todo debía tener otro significado distinto del que tenía en mi conciencia actual, y en el que también los sentimientos eran distintos de los sentimientos actuales. Miré el reloj, pagué y subí a mi cuarto. Dormí sin soñar nada y profundamente, pero durante la noche sentí en todo mi cuerpo que era esperanzadamente feliz. Solo al amanecer desapareció esa sensación, empecé a soñar y me desperté molesto. Mis medias colgaban del radiador y la cortina estaba abierta dejando una grieta irregular. Llevaba estampadas escenas de la colonización de América. Descorrí la cortina pero no miré afuera. El sol iluminó el suelo, calentándome los pies desnudos contra el mosaico.

Peter Handke, Carta breve para un largo adiós (1972)

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