Hablaba haciendo un uso arcano de la lengua, como si cada palabra tuviera un significado en clave que desconocíamos y que no nos era revelado. Como si cada frase tuviera otro destinatario aparte de nosotros, un cómplice a quien le era revelado el significado verdadero del mensaje. Para nosotros, en cambio, solo cabía la posibilidad de intuir que algo se nos estaba escapando, que había algo más allá de lo dicho, que las palabras encerraban quizás o eran del todo una contraseña oculta que lo modificaba todo. Que una frase salida de sus labios en realidad quería decir algo completamente distinto de estas frases diurnas e inocentes, un código secreto, velado, oculto. Una cierta manera de pronunciar cada sílaba nos hacía intuir que en realidad eramos un pretexto, una excusa, una fachada; cómplices involuntarios usados en pos de una estratagema oscura; quién sabe qué planes misteriosos se escondían en esos soliloquios aparentemente anodinos y banales detrás de los cuales —estoy seguro—, se revelaban otros, claramente inteligibles para un receptor que no eramos nosotros. Una forma peculiar de silabear lentamente, mirándonos a los ojos, como hablándonos no a nosotros sino a alguien que se escondiese acaso detrás, a nuestras espaldas; una sonrisa casi imperceptible en sus labios, como burlándose levemente de nuestro papel triste, a sabiendas de que caíamos como tontos, de que no éramos más que señuelos del lenguaje, partícipes necesarios de una maquinación léxica orientada al crimen, al fraude, vehículos involuntarios de un mensaje codificado que transmitíamos sin saberlo y cuyo significado verdadero no alcanzaríamos a descifrar nunca.
lunes, 23 de marzo de 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
